Editorial

Estrategia de bajas emisiones de carbono para la morfología tridimensional urbana: la demanda global de enfriamiento está remodelando la lógica de la planificación urbana.

Un estudio que abarca 140 ciudades globales revela que la forma de expansión urbana determina más la demanda energética de refrigeración que el tamaño. La expansión horizontal desordenada aumenta el consumo energético, mientras que el desarrollo vertical compacto presenta ventajas estructurales. Esto no es solo un problema energético, sino un punto de inflexión estratégico para la urbanización del Sur Global.

Argumento central

Con base en la investigación más reciente de Nature Communications, este artículo analiza, desde una perspectiva de estrategia urbana, la relación estructural entre la forma urbana y la demanda de enfriamiento, señalando que las ciudades globales enfrentan una transición paradigmática de la expansión bidimensional a la gobernanza tridimensional, y que las ciudades compactas se convertirán en la clave para la adaptación climática y la competitividad.

En las últimas dos décadas, desde la península del Indostán hasta la meseta mexicana, las ciudades viven una revolución de su forma física que se aprecia a simple vista, pero que aún no se comprende del todo. La investigación, que durante mucho tiempo ha dependido de las imágenes de satélite, suele tratar la urbanización como la expansión de la superficie construida; el panorama real, sin embargo, es mucho más complejo: algunas ciudades devoran hacia fuera las tierras de cultivo como quien extiende una masa; otras ven cómo los rascacielos sustituyen a los barrios de baja altura; y otras logran aumentar su densidad colmatando espacios residuales. Estas diferencias dan forma al «volumen tridimensional» urbano, pero la comprensión científica de cómo influye ese volumen en los indicadores esenciales del funcionamiento de las ciudades sigue siendo nebulosa.

Un estudio publicado en 2026 en Nature Communications ha evaluado por primera vez, de forma sistemática, el impacto del crecimiento urbano tridimensional sobre la «demanda de enfriamiento urbano». El trabajo abarca 88 ciudades indias y 52 ciudades de todo el mundo entre 2003 y 2023. Los investigadores descubrieron que la trayectoria de la demanda de enfriamiento no está determinada por el tamaño de la ciudad ni por su población total, sino por el tipo de crecimiento espacial. En las ciudades dominadas por la expansión horizontal —en especial la dispersión irregular de baja densidad—, la demanda de enfriamiento crece con mayor rapidez en términos relativos, aunque su punto de partida sea bajo; las ciudades de tamaño mediano suelen soportar la mayor demanda absoluta de enfriamiento; y las ciudades compactas muestran una tendencia más moderada, lo que revela una ventaja térmica estructural. Este hallazgo saca la forma urbana del lugar secundario que ocupaba en los debates sobre estética o densidad y la convierte en una variable estratégica de primer orden para la adaptación climática y la transición energética.

El mundo se encuentra en un punto de inflexión respecto a la demanda de enfriamiento. El calentamiento global ya no es un dato abstracto de temperatura: se ha convertido en el zumbido de los compresores de aire acondicionado en los edificios en altura, en la atención de urgencia por golpes de calor en los hospitales y en los picos de carga de las redes eléctricas durante las olas de calor. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha señalado en repetidas ocasiones, en sus sucesivos informes de evaluación, la influencia de la estructura y la morfología urbanas en el consumo de energía, pero la investigación cuantitativa siempre ha sido escasa. Durante décadas, científicos y responsables de políticas se han centrado en exceso en indicadores de tipo areal, como la población total de la ciudad, su estructura industrial y su crecimiento económico, y casi nunca han imaginado la ciudad como una entidad tridimensional: un volumen vertical que no cesa de ganar altura, espesor y densidad.

Pero el proceso real de urbanización ocurre precisamente en la escala vertical. A lo largo de los últimos veinte años, las ciudades del mundo han vivido en esencia una «revolución del índice de edificabilidad»: la ciudad está pasando de ser un motor que se extiende sobre el suelo a convertirse en un sistema tridimensional conformado por el espacio aéreo y el subsuelo. Sin embargo, cada ciudad ha seguido una vía radicalmente distinta hacia ese sistema. Una es el «crecimiento extensivo»: los límites urbanos se desdibujan hacia todas direcciones como una mancha de tinta, y las viviendas de baja densidad y los parques industriales devoran los espacios verdes de las afueras. Otra es el «crecimiento por sustitución»: los barrios antiguos son reemplazados por edificaciones nuevas de alta densidad, y la ciudad crece hacia arriba dentro de sus propios límites. La tercera es el «crecimiento por relleno»: solares vacantes y espacios provisionales se transforman en construcciones permanentes. Cada una de estas vías altera de manera completamente distinta los procesos de intercambio energético en la superficie urbana: el suelo endurecido que se despliega en horizontal absorbe y acumula el calor con mayor facilidad; la edificación vertical genera corredores de viento y sombras entre los inmuebles; y los barrios compactos de alta densidad, incluso cuando su volumen total es grande, pueden lograr que los sistemas de aire acondicionado funcionen de forma más eficiente.Los datos de la investigación revelan una paradoja que fácilmente pasa inadvertida: las ciudades donde la demanda de refrigeración crece con mayor rapidez no son las megaciudades tropicales que solemos imaginar, sino, precisamente, muchas ciudades intermedias del Sur Global que se hallan aún en sus primeras fases de expansión. Estas ciudades, por lo general, aún no han completado un ciclo de acumulación de riqueza ni han consolidado un sistema maduro de planificación urbana, pero ya están creciendo en la dirección más insostenible. En cambio, algunas megaciudades de Asia o de Europa, por haber entrado antes en una etapa de verticalización y compactación, muestran una mayor resiliencia frente al clima. Esta es la trampa clásica de las etapas de desarrollo urbano: la elección de una forma errónea en el punto de partida se solidificará, décadas después, en una deuda energética difícil de revertir.

La lógica geoeconómica que sustentaba las estrategias urbanas tradicionales está perdiendo vigencia. Durante mucho tiempo, los indicadores de desarrollo urbano fueron casi equivalentes a la expansión física: más parques industriales, carreteras más anchas y áreas construidas más extensas. Pero esta investigación transmite un mensaje claro a los responsables de las políticas: la composición espacial del crecimiento urbano —y no solo su ritmo— es lo que determina la curva de demanda energética. Cuando el aumento de la temperatura global es un hecho consumado, la demanda de refrigeración de una ciudad se traduce directamente en subsidios eléctricos, inversión en redes eléctricas, responsabilidades de emisión de carbono y potencial de crecimiento económico. Por ello, la densidad y la forma urbana dejan de ser una cuestión de estética urbana y se convierten en un problema de infraestructura vinculado a la competitividad.

A su vez, la evolución de la demanda de refrigeración está profundizando las desigualdades estructurales dentro del sistema urbano mundial. Las ciudades del Norte Global, situadas ya en latitudes altas o bajo climas templados, experimentan incrementos relativamente limitados de esa demanda debidos a los cambios morfológicos; mientras tanto, las ciudades del Sur Global, en latitudes bajas, están viviendo un crecimiento exponencial y sincronizado del calentamiento continuo y de la demanda eléctrica. Esta divergencia en la demanda probablemente reconfigurará en la próxima década el rumbo de las arterias energéticas globales: el capital y los recursos ya no fluirán solo hacia el tamaño urbano, sino hacia la capacidad de gestión estratégica de la forma de las ciudades. Las que logren garantizar el confort térmico interior a bajo costo tendrán ventaja en la disputa por el talento y el capital; las que obliguen a sus ciudadanos a depender de un costoso aire acondicionado perderán atractivo en las cadenas de suministro globales.

La autoridad para gobernar la forma urbana está dejando de ser un asunto puramente local para convertirse en una nueva fuerza geopolítica. Dado que el entorno construido, una vez erigido, produce un bloqueo de larga duración, la demanda energética urbana de las próximas décadas experimentará divergencias notables aproximadamente cada diez años. Hace un siglo, la decisión de las ciudades de tender vías de tranvía o de construir autopistas determinó su estructura espacial durante los setenta años siguientes. Hoy, la decisión de permitir la expansión en la periferia o de fomentar el aprovechamiento del tejido urbano existente determinará su capacidad de adaptación en el próximo ciclo climático. La ventana de oportunidades para la política pública es limitada: gran parte de las ciudades del Sur Global se encuentra en una fase de conformación acelerada de sus áreas construidas, y cada decisión de planificación que se tome hoy es un compromiso de inversión irreversible.Este descubrimiento también nos impulsa a reconsiderar el objeto central de las decisiones estratégicas de una ciudad. Los planificadores urbanos suelen estar acostumbrados a gestionar el suelo, la zonificación y el transporte desde una perspectiva bidimensional, pero el mundo ya ha entrado en una etapa que requiere una gobernanza tridimensional. La urbanización ya no exige una asignación espacial de tipo plan maestro, sino un control fino del volumen urbano —incluida la altura de los edificios, los ajustes de los índices de edificabilidad, la distribución espacial de techos verdes y de sombras en las calles, así como el flujo del aire entre los vacíos arquitectónicos—. Esto requiere que los gobiernos urbanos posean capacidades de análisis de datos sin precedentes y sistemas de cálculo dinámico, en lugar de seguir utilizando planes maestros estáticos.

Este estudio, que abarca 140 ciudades, demuestra además que la forma urbana compacta presenta ventajas de adaptabilidad en distintas zonas climáticas. Aunque la «ciudad compacta» ha sido debatida durante años en el ámbito internacional de las políticas urbanas, a menudo se la ha considerado un rasgo patrimonial de las ciudades europeas antiguas o de los centros urbanos asiáticos de alta densidad, y se la ha juzgado carente de capacidad de réplica. La investigación actual ofrece evidencia medible: bajo las mismas condiciones climáticas, una forma urbana más compacta puede contener mejor el crecimiento explosivo de la demanda de enfriamiento que un tejido construido disperso. Esto confirma la necesidad de un urbanismo de largo plazo: frente a las presiones económicas de corto plazo, alejarse de la tentación de la expansión de baja densidad es la decisión municipal sostenible.

Si ampliamos la mirada, la forma urbana es precisamente la palanca institucional clave en el periodo de transición hacia la civilización climática. Ante la rápida urbanización que aún persiste en el Sur Global, la siguiente pregunta se vuelve cada vez más nítida: «¿cuál es la infraestructura espacial que una ciudad realmente necesita?» Los autores del estudio consideran la ciudad como la unidad básica de la adaptación y la mitigación climáticas. En efecto, si la demanda global de enfriamiento continúa creciendo a mayor velocidad, no solo se obstaculizará la senda de transición energética fijada por el Acuerdo de París, sino que también se sembrarían nuevas vulnerabilidades en el interior de las ciudades. La disipación del calor y el enfriamiento —no las carreteras ni los puentes— se convertirán progresivamente en el vocabulario central de la estrategia urbana del siglo XXI.

En un futuro cercano, la definición de competitividad urbana cambiará de manera fundamental: quien pueda ofrecer un mejor confort térmico y un menor costo de carbono en un espacio per cápita más reducido atraerá al capital humano con conciencia de futuro. Algunas ciudades ya han actuado: Londres y Singapur han incorporado la volumetría urbana y la eficiencia energética a sus normativas de edificación; los planes urbanos de Mumbai y Yakarta están explorando estrategias que combinan el crecimiento vertical con espacios de amortiguación térmica; París, por su parte, está mejorando su resiliencia climática mediante la transformación del espacio público. La verdadera cuestión es esta: las ciudades cuya masa construida todavía se expande velozmente hacia el exterior —muchas metrópolis emergentes de África, numerosos centros regionales del interior del subcontinente indio y las aglomeraciones urbanas del Sudeste Asiático—, ¿serán capaces de comprender a tiempo que su elección actual de forma urbana es, en realidad, una inversión e incluso una apuesta en el devenir de la civilización?El patrón de crecimiento tridimensional de las ciudades no es un proceso natural inevitable, sino el resultado del diseño institucional. Los sistemas de valoración del suelo, las regulaciones de coeficiente de edificabilidad, las políticas de préstamos hipotecarios, las preferencias de inversión en infraestructura e innumerables microdecisiones configuran conjuntamente el perfil vertical de la ciudad. Cada curva de diferencia de temperatura y de consumo energético medida en este estudio corresponde, en última instancia, a una filosofía de gobernanza. La historia ya no evaluará los logros civilizatorios de una época por su horizonte urbano, sino que juzgará la visión de quienes gobiernan a través del consumo de energía bajo el cielo y la comodidad del cuerpo humano.

La adaptación de las ciudades al cambio climático no debería limitarse a esperar las negociaciones globales sobre la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. El espacio de acción más urgente existe dentro de cada ciudad. Los gobiernos que sean capaces de repensar la «forma y el volumen» de las ciudades durante su proceso de crecimiento serán quienes realmente detenten la iniciativa del futuro.

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  1. https://www.nature.com/articles/s41467-026-74157-y