Informe en profundidad

Ciudades compactas, juego climático: una nueva lectura estratégica de la morfología urbana global.

Un estudio que abarca más de 11 000 ciudades en todo el mundo durante 45 años revela la profunda relación entre la compacidad urbana y las emisiones de carbono, así como las opciones estratégicas espaciales que enfrentan las ciudades del Sur Global en su proceso de urbanización acelerada.

Argumento central

La forma urbana se está convirtiendo en una palanca a menudo pasada por alto pero crucial en la gobernanza climática global. Basándose en datos de más de 11 000 centros urbanos en todo el mundo entre 1975 y 2020, la investigación encuentra que la forma urbana compacta se asocia significativamente con menores emisiones de carbono per cápita, especialmente en países de ingresos bajos y medios. Este resultado indica que la planificación del espacio urbano es en sí misma una política climática, y es de importancia decisiva para el Sur global en rápida urbanización.

Las ciudades, como nodos duales de la economía global y las emisiones de carbono, se enfrentan a una profunda reestructuración de sus estrategias espaciales. Durante mucho tiempo, el debate sobre las ciudades y el clima ha estado dominado por un indicador simple, la “densidad de población”, como si bastara con concentrar a la población en un territorio reducido para alcanzar automáticamente un futuro bajo en carbono. Sin embargo, las ciudades no son meros contenedores de población, sino sistemas complejos moldeados por la forma construida, las redes de infraestructura y la geometría espacial. Un estudio global publicado recientemente en Scientific Reports examinó sistemáticamente más de 11 000 centros urbanos entre 1975 y 2020, con el objetivo de revelar la relación estructural entre la compacidad urbana y las emisiones de carbono.

De la densidad a la forma: un profundo giro en la investigación urbana

La economía ambiental urbana tradicional utiliza el tamaño de la población o el nivel de urbanización como principales variables explicativas, pero a menudo ignora la “forma” de la ciudad. Dos ciudades que albergan a diez mil personas por kilómetro cuadrado pueden diferir enormemente en consumo energético y necesidades de desplazamiento si una es una ciudad compacta y concentrada en forma de cuadrícula, y la otra es una ciudad de baja densidad que se extiende indefinidamente a lo largo de carreteras. El nuevo estudio caracteriza el grado de compacidad del espacio urbano mediante múltiples indicadores geométricos y los contrasta con las emisiones sectoriales de CO₂ de la vivienda y el transporte por carretera. Los resultados muestran que una forma urbana más compacta se asocia significativamente con menores emisiones de carbono per cápita, especialmente en los ámbitos residencial y de transporte.

Este hallazgo, aunque superficialmente empírico, representa en realidad un cambio de marco interpretativo en el seno de la ciencia urbana. La densidad de población responde a “cuántas personas alberga”, mientras que la forma urbana responde a “cómo se disponen y organizan las actividades humanas en el espacio”. Esta última es moldeada por decisiones públicas de largo plazo como el sistema de planificación, las políticas de suelo y la inversión en infraestructuras. Esto implica que las emisiones de carbono urbanas ya no son solo una función del volumen económico o la eficiencia tecnológica, sino que pueden ser intervenidas activamente mediante el diseño espacial. En otras palabras, la estructura urbana es en sí misma una infraestructura climática.

Divergencia regional: por qué las ciudades del Sur Global deben prestar más atención a la forma

Lo que resulta aún más notable es que la fuerza de la asociación entre compacidad y emisiones de carbono no es uniforme a escala mundial. El estudio muestra que esta asociación es más pronunciada y sólida en los países de ingresos medios y bajos, mientras que en regiones de ingresos altos como Europa y América del Norte la relación estadística es débil o incluso insignificante. La razón no es difícil de entender: la mayoría de las ciudades de ingresos altos ya han completado la cobertura de sus redes de infraestructura, iniciaron antes su transición energética y disponen de tecnologías avanzadas de eficiencia en la edificación; por ello, el impacto marginal de la forma urbana sobre las emisiones queda diluido. En cambio, muchas ciudades del Sur Global aún se encuentran en una fase de rápida expansión. Cada kilómetro que se extiende el área construida puede fijar los patrones de desplazamiento y los niveles de consumo energético residencial durante las próximas décadas.Por lo tanto, la política de ciudad compacta no debe presentarse como una receta universal válida para todas partes, sino como una elección estratégica estrechamente relacionada con la etapa de desarrollo en que se encuentra cada ciudad. Para las ciudades emergentes del África subsahariana, del sur de Asia y del sudeste asiático, el momento actual es una verdadera encrucijada histórica: ¿optar por «primero expandirse y después corregir» o por «primero compactarse y después crecer»? Cada trazo que esas regiones, que completarán su urbanización principal antes de mediados del siglo XXI, inscriban ahora en sus normas de desarrollo del suelo y en la distribución de los edificios quedará incrustado, con una enorme inercia temporal, en la curva de largo plazo de las emisiones globales de carbono.

El espacio como estrategia: la geoeconomía de la forma urbana

La forma urbana nunca ha sido una cuestión meramente arquitectónica o estética, ni un asunto que afecte solo al desplazamiento diario de sus habitantes. A una escala más amplia, la ciudad compacta implica una mayor eficiencia de las infraestructuras de abastecimiento de agua, electricidad, transporte e información, y un mejor rendimiento de carbono por unidad de capital invertido. El núcleo de la competencia mundial en materia de infraestructuras no reside únicamente en los kilómetros de alta velocidad ferroviaria o en el volumen de carga de los puertos, sino en la capacidad de reducir mediante la configuración espacial los costos de funcionamiento del sistema durante las próximas décadas.

Para el capital internacional y las empresas multinacionales, la eficiencia en las emisiones de carbono se está convirtiendo gradualmente en un criterio importante para evaluar la competitividad de una ciudad a largo plazo. Desde el Pacto Verde de la Unión Europea hasta los objetivos de «doble carbono» de China, la forma urbana se incorpora cada vez más a las agendas de los compromisos climáticos nacionales y de las estrategias de infraestructura. No obstante, esta investigación también advierte contra el «culto a la compacidad». Lo compacto no equivale automáticamente a habitable, ni tampoco a justicia climática: si faltan espacios públicos suficientes, vivienda asequible y protección social, el desarrollo de alta intensidad puede generar nuevos problemas, como el hacinamiento y la gentrificación. La forma urbana debe evolucionar de manera coordinada con las políticas de vivienda, transporte y servicios públicos, y no ser perseguida a ciegas como un indicador técnico aislado.

La ciudad desde una perspectiva de largo plazo

Si se observa el último medio siglo, el mundo ha atravesado la reorganización espacial más drástica de la historia humana. El arco temporal de esta investigación, de 1975 a 2020, cubre precisamente diversas etapas del ascenso prodigioso de las ciudades de Asia oriental, la expansión de las megaciudades de América Latina y el vertiginoso aumento de la población urbana en África. A lo largo de estos 45 años, la lenta evolución de la forma urbana y las trayectorias de las emisiones de carbono se han superpuesto, dejando algunas regularidades empíricas identificables desde el punto de vista estadístico. En las próximas décadas, el centro de gravedad de la urbanización mundial seguirá desplazándose hacia los países de ingresos bajos de Asia y África. Se prevé que la mayor parte del nuevo crecimiento demográfico urbano tenga lugar en esas regiones, donde la forma espacial de las ciudades todavía se está definiendo.

La forma urbana es como una codificación de largo plazo de una civilización: fija en el hormigón y en las redes viales el suministro energético, las preferencias de transporte y el modo de vida de una sociedad. Si en esta ola de urbanización el código urbano se escribe con eficiencia, la curva mundial de emisiones de carbono se beneficiará durante décadas; si se sigue escribiendo bajo el paradigma de la dispersión, el costo de cualquier solución técnica futura será asombrosamente alto. La enseñanza más importante de este estudio no es añadir una nota empírica más al concepto de «ciudad compacta», sino recordar a todas las ciudades y a todos los gobiernos que el planeamiento del espacio es en sí mismo una política climática. Debe ocupar un lugar central en la estrategia a largo plazo, y no ser tratado como una ficha decorativa en la competencia entre ciudades.

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Fuentes

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  1. https://www.nature.com/articles/s41598-026-54461-9