análisis urbano
Cuando “la ciudad competitiva” falla: la nueva economía urbana de Milán y el giro en la lógica de la competencia urbana
Un estudio sobre Milán muestra que, en el marco de múltiples crisis, lo que realmente ocurre no es una transformación urbana, sino un “posicionamiento estratégico” por parte de los actores económicos urbanos, quienes negocian continuamente entre crecimiento y valor.
Argumento central
El 8 de mayo de 2026, Frontiers in Sociology publicó una investigación original que, tomando Milán como muestra, examina cómo funcionan las “nuevas economías urbanas” (New Urban Economies) en condiciones de crisis múltiples. Mediante la geocodificación de 87 iniciativas y 25 entrevistas en profundidad, los investigadores Cristiana Zara y Francesca Forno descubrieron que las cooperativas sociales, las empresas orientadas a una misión, los grupos de compra solidaria y los espacios comunitarios híbridos no avanzan por una trayectoria lineal de “respuesta—gradualidad—transformación”, sino que utilizan simultáneamente múltiples lógicas de adaptación en distintos sectores y etapas. A partir de ello, el estudio propone que la adaptación debe entenderse como un “posicionamiento estratégico” contextualizado y político, y no como un ajuste técnico. Este juicio tiene implicaciones más amplias para la lógica de competencia urbana global, las herramientas de gobernanza urbana y las políticas de adaptación climática: las ciudades no necesitan una narrativa más fuerte, sino herramientas institucionales capaces de convertir los compromisos de valor en suelo, contratación pública, regulación de alquileres e infraestructura social.
El producto más afilado de la era de la competencia urbana es una ciudad que ha aprendido a representarse a sí misma. Aparece en los rankings, en las presentaciones de inversión, en las agendas de ferias y congresos y en los videos promocionales de turismo. Milán ha desempeñado durante mucho tiempo ese papel: capital económica de Italia, una de las metrópolis europeas con mayor conectividad global, con un denso ecosistema de innovación y un sólido capital simbólico, y con una agenda de políticas bastante ambiciosa en temas como la sostenibilidad y los sistemas alimentarios.
La misma ciudad ofrece también otra lista: presión de la vivienda, desigualdad socioespacial, aumento de los costes de vida y de actividad económica, y presión ambiental persistente. Una investigación original publicada en Frontiers in Sociology el 8 de mayo de 2026 sitúa ambas listas en un mismo marco analítico: la policrisis (polycrisis). Sus autores, Cristiana Zara y Francesca Forno, del Departamento de Sociología e Investigación Social de la Universidad de Trento, no preguntan cuán grave es la crisis, sino una cuestión más difícil de responder: cuando las estrategias urbanas centradas en el crecimiento, la competitividad y el atractivo global exponen repetidamente sus propios límites, ¿qué les permite seguir existiendo a aquellos actores de la economía urbana que han inscrito valores sociales y ecológicos en sus estatutos?
No se trata de un reportaje sobre «lo que ha ocurrido», sino de un debate sobre la naturaleza política de la adaptación. La investigación forma parte del monográfico de la revista «Ciudades italianas en transición: una evaluación crítica del cambio socioecológico», y este mismo contexto académico indica que el problema ya no es un fallo de gobernanza de una sola ciudad.
La crisis ya no es un interludio, sino el escenario
El valor del concepto de «policrisis» radica en que rechaza tratar las fluctuaciones económicas, la desigualdad social, la presión ecológica y la fragmentación institucional como fallos independientes entre sí. Se interpenetran y se amplifican mutuamente. El estudio señala que las estrategias urbanas orientadas al crecimiento, incluso bajo las banderas de lo «sostenible» o lo «innovador», a menudo siguen profundizando la exclusión socioespacial y la presión ambiental.
Milán se convierte así en un caso altamente contradictorio. Reúne al mismo tiempo ecosistema de innovación, capital simbólico y ambición política, junto con tensión en la vivienda, aumento de costes y carga ecológica. Esta combinación se está convirtiendo en una estructura común de las ciudades globales de alto rango: cuanto más exitosamente se insertan en las redes de flujos globales, más fácilmente acumulan tensiones en las relaciones sociales locales. Lisboa, Berlín, Barcelona y Ámsterdam han experimentado estructuras similares de diferentes maneras; la diferencia está solo en la velocidad y la intensidad de la respuesta política.
Esto también significa que leer la difícil situación de Milán como un fallo de la gobernanza italiana es una explicación demasiado cómoda. Se parece más a un efecto secundario del éxito.
Nuevas economías urbanas: no una utopía, sino una forma de supervivenciaEl estudio pone el foco en un conjunto de prácticas agrupadas bajo el término «nuevas economías urbanas» (New Urban Economies, NUEs): cooperativas sociales, empresas orientadas a una misión, grupos de compra solidaria (GAS) y espacios comunitarios híbridos. Tienen en común que intentan volver a incrustar la actividad económica en estructuras de valor sociales, ecológicas y democráticas, resistiendo una lógica que tiene la extracción y el lucro como única medida. Es un eco de la tesis polanyiana de la «incrustación» en la ciudad contemporánea.
La contención del estudio radica en que se niega a romantizar este tipo de prácticas. El entorno en el que operan las NUEs no es favorable: alquileres comerciales al alza, inestabilidad laboral, marcos regulatorios fragmentados y una dependencia cada vez mayor de las plataformas digitales. El debate académico en torno a ellas oscila a menudo entre dos extremos: o bien concluye que este tipo de economías alternativas están condenadas a ser frágiles y marginales, o bien afirma que acabarán siendo cooptadas y normalizadas por el mercado dominante.
El fenómeno que realmente hay que explicar se convierte entonces en el siguiente: ¿cómo se sostiene una economía orientada a valores en ciudades que recompensan estructuralmente la desincrustación y castigan la incrustación?
La adaptación no es un ajuste técnico, sino una negociación de posiciones
La operación teórica más contundente de este estudio consiste en redefinir la «adaptación transformadora» (transformative adaptation) como un proceso situado y con carga política, y no como una reparación pasiva de carácter técnico o funcional. La adaptación ya no es una retirada, ni una reacción mecánica ante los impactos, sino un proceso en el que los actores negocian continuamente sus compromisos socioecológicos bajo constricciones materiales, institucionales y de mercado. El estudio la resume como un «posicionamiento estratégico» en la economía urbana.
El análisis retoma la tríada de Fedele et al. (2019): adaptación de afrontamiento, incremental y transformadora. Pero rechaza leerlas como una escalera. La evidencia empírica muestra que la adaptación se parece más a un continuo de elementos superpuestos y entremezclados: una misma organización utiliza simultáneamente múltiples lógicas de adaptación en distintos sectores y etapas, en lugar de recorrer una ruta predefinida desde el «afrontamiento» hacia la «transformación».
Las implicaciones de esta conclusión van más allá de Milán. Durante más de una década, las políticas climáticas y de innovación se han acostumbrado a usar la «transformación» como palabra clave y a dar por sentada una trayectoria que puede diseñarse, financiarse y medirse. La experiencia de Milán sugiere que la adaptación real ocurre en una zona gris intermedia: concesiones, ajustes, persistencia parcial y avances localizados se producen al mismo tiempo. Si las políticas solo financian modelos «transformadores», ignorarán sistemáticamente la capa sedimentaria que realmente sostiene la producción de resiliencia. Teniendo en cuenta las expectativas políticas depositadas en la «adaptación transformadora» tras el Sexto Informe de Evaluación del IPCC, esta advertencia no es un escrúpulo academicista.
El poder de las ciudades proviene de las herramientas, no de las narrativas
Al elevar la mirada de las organizaciones a la gobernanza, el caso de Milán plantea de inmediato una pregunta más dura: ¿disponen las ciudades de suficientes herramientas para que la adaptación no degenere en un desgaste prolongado?La investigación halló que las estrategias de adaptación de las NUEs están moldeadas de forma diferenciada por las condiciones sectoriales, el entorno institucional y las trayectorias organizativas. Esto sugiere que las herramientas más sencillas de las que dispone una ciudad —suelo y espacio, contratación pública, regulación de alquileres y usos, infraestructura social, acuerdos de cooperación entre el municipio y la comunidad— suelen ser más determinantes que las grandes narrativas. Barcelona impone restricciones a los alquileres turísticos de corta duración, Ámsterdam reconstruye la lógica valorativa del presupuesto municipal con el marco del “donut”, Viena mantiene desde hace mucho una tradición de vivienda social; las trayectorias difieren, pero comparten un punto: inscribieron compromisos de valor en las herramientas, en lugar de dejarlos en las declaraciones.
A la inversa, cuando una ciudad solo tiene narrativa y carece de herramientas, la nueva economía urbana puede deslizarse fácilmente hacia una suerte de amortiguador social: absorbe parte de la presión, pero difícilmente toca las estructuras que la generan. Esta es precisamente la contradicción central de la gobernanza urbana en condiciones de crisis múltiples: la visibilidad política de las ciudades aumenta, mientras que su jurisdicción efectiva es comprimida de manera sostenida por los marcos estatales, los flujos de capital global y la infraestructura de plataformas.
El mismo diagnóstico, dos intensidades
Esta investigación se sitúa en el contexto de las ciudades europeas, pero sus herramientas de diagnóstico son aplicables más allá de las fronteras, solo que la intensidad se distribuye de manera desigual.
Esto también cambia la comprensión del papel internacional de las ciudades. Durante las últimas dos décadas, se alentó a las ciudades a considerarse “actores globales”: unirse a alianzas climáticas, firmar pactos de alcaldes, crear redes transnacionales. Estos esfuerzos ampliaron el espacio diplomático de las ciudades, pero siempre estuvieron limitados por un hecho: los compromisos de las ciudades a menudo carecen de competencias fiscales y regulatorias correspondientes. Las crisis múltiples exponen esa brecha con mayor crudeza: las ciudades se ven obligadas a asumir las consecuencias mientras carecen de medios para abordar las causas.
En la mayoría de las ciudades del Sur Global, la economía solidaria, la colaboración informal y la producción mutualista no son alternativas minoritarias, sino el modo de funcionamiento por defecto de la economía urbana. Allí la adaptación no es una elección, sino la norma. Esto nos recuerda que la “reincrustación” no es un lujo intelectual de las ciudades del Norte, sino una respuesta estructural generada de manera generalizada por las sociedades urbanas tras la retirada del Estado desarrollista y la alta volatilidad del capital global.
Por lo tanto, la parte exportable de la experiencia de Milán no es el modelo, sino la pregunta: ¿qué tipo de andamiaje institucional necesita una economía urbana orientada por valores para no ser solo un parche? Esta pregunta será aún más urgente en Lagos, Nairobi, Yakarta o São Paulo.
Límites, arco histórico y un juicio de largo plazo
Hay que mantener la prudencia. Se trata de un estudio cualitativo de una sola ciudad: la geocodificación de 87 iniciativas de nueva economía urbana, más 25 entrevistas en profundidad. La “nueva economía urbana” es en sí misma una categoría analítica construida, con límites poco nítidos; la estructura socioeconómica, la tradición política y la densidad de la sociedad civil de Milán tampoco son replicables en todas partes. Sus conclusiones conviene tomarlas más como una hipótesis con capacidad explicativa que como una ley universal.Aun así, este estudio sigue apuntando a un arco histórico más largo. Las ciudades del siglo XX eran contenedores del Estado de bienestar; la «ciudad competitiva» de principios del siglo XXI era un contenedor del capital; la ciudad de la era de crisis múltiples se está convirtiendo en un lugar donde ambos contenedores se filtran a la vez. Lo que crece de las grietas no es un nuevo modelo, sino una nueva gramática: adaptabilidad, temporalidad, negociación continua. Es más débil que la ideología, pero más real que las grandes narrativas.
La pregunta que realmente decidirá el destino de las ciudades en la próxima década quizá sea: ¿pueden las instituciones municipales convertir esta gramática en herramientas? ¿O la nueva economía urbana ocupará durante mucho tiempo una posición de costo social, pagando por el viejo modelo aún no sustituido una factura que ella misma no quiere reconocer?
Milán solo ilumina el contorno de esta pregunta con un poco más de claridad que otros lugares.
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